(Artículo escrito por Teresa Campos Chong – Cusco)

Como educadora llegué al Cusco, hace 28 años y una de las cosas que me llamó la atención era la profunda discriminación hacia las mujeres y más aún, que todos sintieran que era “normal”. Para mí, en aquel entonces, y todavía ahora, resulta imposible evitar un sentimiento de rebeldía e indignación profunda ante esta situación.

En Perú, según la OMS, el 69.9% de mujeres dice haber sufrido algún tipo de violencia; en el Cusco hay cerca de 1 millón y medio de habitantes y 49% son mujeres, la cifra del maltrato es mayor al promedio nacional.

La extendida concepción de que las mujeres solas no pueden salir adelante, no pueden sostener a sus hijos/as o que son mal vistas genera un profundo temor, vergüenza y hasta una parálisis emocional. La fuerza de trabajo de las mujeres es subvalorada en las comunidades andinas, por ejemplo, el trabajo colectivo que se realiza en las comunidades se denomina “faena”; en estas faenas la comunidad asume trabajos diversos en beneficio de todos/as, cuando las mujeres participan en ellas tienen que trabajar el doble, esto quiere decir que el trabajo de las mujeres es valorado en un 50% en relación al de los hombres. En el mundo del trabajo asalariado esta subvaloración se expresa en una remuneración menor para las mujeres por la misma labor.

Ser mujer en los andes no es sencillo, vivir en un círculo de violencia que es ignorado o justificado por los estamentos públicos, genera desolación y un sentimiento de abandono completo. Ser mujer, indígena y pobre triplica la carga discriminatoria.

 

Sin embargo, al igual que la carga discriminatoria se multiplica para ellas también lo hace la fuerza de las mujeres indígenas. En los últimos años, éstas han ido buscando y creando espacios comunitarios de fortalecimiento de sus organizaciones y liderazgos, desde el reconocimiento de que el sistema machista y violento no se cambia en silencio. Existen un sinnúmero de experiencias formativas y populares que van en la dirección de potenciar la presencia de las mujeres en la toma de decisiones y en la vida política. La lucha de las mujeres indígenas ha pasado, en primer término, por hacer visible el círculo de violencia, prácticamente institucionalizada, con el objetivo de romper sus estructuras mediante la denuncia y la sanción drástica y oportuna. Todo ello se ha ido logrando con grandes movilizaciones e incidencia en el nivel político. Y, en segundo término, ha pasado  por obtener la paridad en el derecho a la educación, logrando incrementar, significativamente en los últimos años, la presencia de las niñas en las escuelas.

Por otro lado, un elemento importante en la lucha por la emancipación de las mujeres, es la autonomía económica, que les ha permitido mejorar su capacidad de tomar decisiones sobre sus propias vidas. Muchas organizaciones de nivel local, que sería largo enumerar, crean lazos en la generación de ingresos propios para las mujeres y fortalecimiento de su rol productivo que redunda en una mejor participación en las decisiones de su localidad.

Otro elemento, es el acceso a la propiedad y el derecho a la tierra, a nivel regional las Federaciones de Campesinos, en las que participan las mujeres, vienen creando espacios de discusión y análisis de la situación de la mujer campesina e indígena, afirmando su identidad y construyendo propuestas de mayor equidad, visibilizando la necesidad de que las mujeres accedan a la propiedad de la tierra en sus comunidades asumiendo roles cada vez más protagónicos dentro de ellas.

Un tercer elemento lo podemos encontrar a nivel nacional donde tenemos la Organización Nacional de Mujeres Indígenas Andinas y Amazónicas (ONAMIAP) que viene fortaleciendo el liderazgo de mujeres rurales e indígenas, creando vocerías regionales para la formulación de propuestas de políticas públicas para la defensa de los derechos de las mujeres, rechazando todo tipo de justificación de la violencia y participando en la gobernanza de los recursos naturales[1].

Las mujeres indígenas, desde muchos rincones del país, van gestando movimientos no solo reivindicativos sino de construcción de un país más equitativo y sus luchas se van haciendo presentes en la agenda pública. Es momento de quebrar las políticas y prácticas machistas y discriminatorias instaladas en el Estado y la sociedad, es momento de tomar el espacio que les pertenece y posicionar los derechos de las mujeres como pilar de una sociedad que construya ciudadanas y ciudadanos capaces de vivir en equidad.

[1] http://onamiap.org/


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