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Este mes en nuestra agenda os traermos un texto muy íntimo escrito por Alba Mas i Soler, traductora y profesora de catalán, durante su tiempo viviendo en Guatemala.

 

Manos duras, manos Suaves

“Qué manos tan suaves, cómo me gustaría tenerlas así, como las tiene usted.”

Sentadas en sacos llenos de mazorcas secas para desgranar, cada una con una entre las manos y ampollas apareciendo en mis pulgares, dejando caer los granos en un escurridor azul lleno de maíz que se lavaría y llevaría a moler, no di crédito a mis oídos. Todo lo que yo había estado pensando durante semanas era “qué duras estas mujeres, cómo me gustaría ser como ellas”.

Empecé a pensar así cuando intenté voltear una tortilla de maíz en el comal. Me quemé la primera vez, y la segunda, y la tercera. Las cocineras lo hicieron por mí y me indicaron que lo intentara con la de al lado; tampoco pude. “Es que nuestras manos ya se acostumbraron”, me decían entre risas. Pero no sólo se trataba de las manos. Sentí que casi se me partía el cuello al cargar sobre mi cabeza una palangana llena de ropa húmeda, recién lavada en el arroyo; no aguanté más de cinco minutos moliendo maíz en la piedra; mis ojos no pararon de llorar intentando soportar el humo cuando me puse a tortear en un comal de leña.

Al llegar a Guatemala tenía claro que quería conocer bien a las mujeres que se cruzaran en mi camino. No fue fácil: me encontré con mujeres que nunca hablaban a no ser que estuviéramos completamente a solas, mujeres que no sabían mi idioma porque nunca lo habían necesitado, mujeres a las que habían educado para intentar pasar desapercibidas siempre. Fue entonces cuando me tragué mi feminismo occidental y cedí: me metí en la cocina, empecé a tortear, a lavar la ropa, a aprender sus recetas… A jugar en su terreno.

Así fue cómo me di cuenta de cómo actúa el patriarcado férreo y severo en Centroamérica. Las tareas del hogar son mucho más duras que en los países occidentales, y los trabajos están mucho más definidos: los hombres no saben echar tortilla, no pueden lavar ropa, no pueden cocinar. Y sin embargo, muchas mujeres trabajan también fuera de casa y saben realizar las mismas tareas que los hombres (muchas veces sin cobrar, sólo contribuyendo al sueldo del esposo).

Siguiendo a una familia guatemalteca por el monte, con los hermanos armados con machetes para abrir paso y calzando botas para protegerse los pies, pensé en todas aquellas veces en las que había escuchado cómo la disposición anatómica había condicionado las tareas humanas desde la prehistoria. En ese momento me pregunté cuál es, en realidad, la diferencia entre hombre y mujer. Contradiciendo todo lo que me habían enseñado, la respuesta estaba allí mismo, en aquel trocito de la Guatemala rural: la mujer hace todo lo que el hombre, pero en falda y con chanclas.

Hablemos de resistencia. Hablemos de fuerza.