Imagen y texto de Esther Esquinas Carmona

 

Este cuadro representa una escena de sexo entre dos mujeres.

 

De este tema apenas se encuentran referencias en la historia de la imagen, y en la actualidad hay cada vez más, pero la mayoría siguen siendo miradas masculinas. Bien porque se representa directamente como fantasía erótica del macho heterosexual (ese porno con sexo entre mujeres, que no lésbico), bien porque aunque se intente poner el énfasis en la homosexualidad de las protagonistas, la mayoría de las veces esta aproximación es llevada a cabo por hombres. Y es que queda muy poco espacio para las miradas femeninas sobre el sexo. Y en los pocos casos en que es una mujer la que habla de sexo… ¿con qué esquemas, con qué referencias, desde qué perspectiva lo hace? Pues lamentablemente desde el modelo imperante que nos ha educado a todos: el machista.

Todos, hombres y mujeres, heteros, bi y homosexuales… todos tenemos tan integrado el machismo en nuestra cultura, que incluso en las escasas ocasiones en que queremos dar voz a lo femenino nos traiciona el machismo inconsciente que llevamos dentro.

Así pues, desde el porno hasta las historias de “confusión” adolescente, el abanico de representaciones del sexo lésbico es escaso y poco realista, cuando no insultante; porque aunque las historias de amor entre mujeres se vayan haciendo un hueco, que ya es algo, ¿cuántas veces vemos en ellas asignación de roles heterosexuales? O si no, cuando están más cerca de la castidad que del deseo; prácticas sexuales ausentes o tan leves que solo podemos calificar de cándidas, pueriles, ñoñas… porque para estar a la altura de lo eróticamente correcto todos sabemos que debe haber más morbo, más lascivia, más violencia… Sin penetración no hay polvo, aunque el falo sea de plástico; Y por supuesto, nada de sentimientos, el sexo es solo cuerpo, impulso, instinto… ¿a quién le pone cachondo el amor?

Pues igual ese es el problema, que tenemos demasiado aprendido un cuento que no es el nuestro… por no hablar del sinfín de símbolos de la erótica femenina que todas tenemos grabados a fuego: depilación, tacones, maquillaje, lozanía, delgadez, provocación, compostura, carácter, complacencia…

Y es que este cuadro es atrevido por su tema (el sexo lésbico) pero lo es quizá más por su enfoque (una mirada femenina del sexo)

Es solo una mirada, la de una mujer que quiere contribuir a visibilizar otras opciones, a generar diversidad desde la naturalidad y el orgullo, o si se prefiere, el respeto por la propia verdad, porque es un granito de arena a la construcción pública del orgullo, gay pero también feminista. Basta de reproducir patrones que nos dibujan como putas o santas, basta de perpetuar las etiquetas que nos llevan del vicio a la castidad, basta de usar la mirada machista como vara de medir.

Podemos y debemos sentirnos orgullosas de una visión de la erótica que resalte la calidez, la ternura y el sentimentalismo.

Basta de ningunear el amor y la emotividad, tachándolos de debilidad.

Legitimemos nuestras propias miradas, nuestras propias verdades.