El mundo en que vivimos

“Es el primer presidente de Bolivia que se parece a los bolivianos”, comentó recientemente un político latinoamericano.

Llegó a la Presidencia en 2005. Durante casi 14 años de gobierno, Evo Morales redujo el índice de pobreza en un 25% y la pobreza extrema en un 23%. La economía creció a casi un 5% anual, y el PIB per cápita pasó de 961 a 2.392 dólares. El analfabetismo descendió del 15% al 2,4%. El salario mínimo pasó de 42 euros al mes a 273… Son datos incontestables de su gestión, acreditados por organismos externos. Las poblaciones indígenas adquirieron mayor relevancia, con la mayor revalorización cultural jamás vistas en Latinoamérica. Todo ello se basó, en gran medida, en la nacionalización de los hidrocarburos en 2006, que aportaron al Estado recursos para sus políticas sociales.

Su debilidad (¿la única?) fueron sus intentos de perpetuarse en la Presidencia. Dicen que los bolivianos no soportan el caudillismo, y no soportaban que Evo retorciera las leyes para perpetuarse, y eso fue aprovechado por sus enemigos políticos, en los que permanecen sustratos racistas de larga tradición.

Bolivia tiene algo más de un millón de metros cuadrados de superficie (el doble de España) y una población de 11 millones de habitantes, de los que alrededor del 60% pertenecen a alguna de las 36 etnias: Aimaras, quéchuas, guaraníes, araonas… Entre 1825 y 1982 (157 años) sufrió 193 golpes de estado.

CONFLICTO POSTELECTORAL

El 20 de Octubre hubo elecciones. En la noche de ese día, los resultados apuntaban a una segunda vuelta entre el presidente Evo Morales y el candidato Carlos Mesa. Pero, tras un “apagón informativo” de casi 24 horas, el resultado se inclinaba definitivamente a favor de Morales, excluyendo la segunda vuelta. El gobierno explicó que el cambio de tendencia se debió a la “llegada tardía de los votos del campo”, pero la oposición habló de fraude. Lo que estaba en discusión no era la victoria de Morales, sino si éste alcanzaba o no el 10% de los votos de diferencia que necesitaba para evitar una segunda ronda. Inmediatamente se generalizaron las protestas de la oposición y los enfrentamientos entre los partidarios de ambos candidatos en todo el país. Los opositores pedían una segunda vuelta o nuevas elecciones.

Tras varios días de extraordinaria tensión, el presidente Morales pidió a la Organización de Estados Americanos (OEA) que realizara una auditoría sobre los resultados electorales, lo que fue rechazado por la oposición. La auditoría fue realizada (de forma muy poco transparente, por cierto), y su informe señalaba graves irregularidades y manipulación del sistema informático en las elecciones.

Inmediatamente Evo Morales ofreció una vía de salida a la crisis, y anunció la realización de nuevas elecciones y la renovación total del Tribunal Supremo Electoral. También había llamado a la oposición a instalar una mesa de diálogo para pacificar el país, en la que pudieran participar la ONU, la OEA y países amigos. La oposición rechazó la propuesta.

A partir de ese momento, todo se precipita. La oposición más dura, en la que han irrumpido “comités cívicos” de extrema derecha muy virulentos, pide la renuncia inmediata del presidente y del vicepresidente, la renovación del Tribunal Supremo Electoral, la renuncia de todos los cargos del Senado y el Congreso y la composición de un «gobierno de notables» hasta la convocatoria de unas próximas elecciones…

En los días anteriores, varios grupos policiales se habían amotinado, inicialmente para exigir demandas laborales y posteriormente en apoyo a los opositores; su inhibición frente a las protestas significó un gran impulso para éstos, que elevaron la agresividad de sus protestas y provocaciones. Alguien ha hablado de “caos inducido”.

LOS SABLES DECIDEN

El 10 de noviembre, el comandante del ejército, Williams Kaliman, hizo una “sugerencia” pública al presidente Morales para que renunciara, “sugerencia” que fue apoyada por la Policía. Era el mismo ejército, por cierto, con el que Morales tuvo siempre un trato exquisito y al que consideraba como la columna vertebral del desarrollo nacional; “al final el pero reconoce a su dueño”.

Lo que comenzó como un movimiento en demanda de una segunda vuelta electoral, terminó con el jefe de las Fuerzas Armadas “sugiriendo” la renuncia del presidente. ¿No será que éste era precisamente el objetivo inicial?

Evo Morales renunció y se refugió en algún lugar de la región de Cochabanba. Denunció que existía contra él una orden de aprehensión ilegal y que a su personal de seguridad le habían ofrecido 50.000 dólares por entregarlo. “Estoy renunciando para que mis hermanas y hermanos dirigentes, autoridades del MAS (Movimiento Al Socialismo) no sigan hostigados, perseguidos, amenazados», dijo en un video, en el que también denunció que los “grupos oligárquicos conspiraron contra la democracia” y pidió a la OEA decir la verdad sobre este «golpe de Estado».

Inmediatamente se registraron ataques e incendios a las viviendas de varios diputados, ministros y dirigentes del MAS, y amenazas contra ellos y sus familias; en algunos casos se produjo toma de rehenes. La propia casa de Evo en Cochabamba fue atacada. Esos hostigamientos lograron su objetivo: En pocas horas, lo que fue el gobierno boliviano más fuerte en muchas décadas pareció desmoronarse. Muy pronto renunciaron el vicepresidente de la República, la presidenta y el vicepresidente del Senado, el jefe de la Cámara de Diputados y otros cargos del oficialismo; algunos se refugiaron en embajadas.

Los militares, que no quisieron salir a la calle antes de la renuncia de Evo Morales para “no enfrentar al pueblo”, salieron inmediatamente para reprimir las multitudinarias manifestaciones de los partidarios de Morales, y las cabeceras de los grandes periódicos y las aperturas de televisoras y radios hablaban de la “violencia y el vandalismo de las turbas indígenas…”

Mientras la Casa Blanca celebraba la “renuncia” de Morales y la OEA mantenía un vergonzoso silencio, el ya expresidente aceptaba el asilo político ofrecido por México, y era trasladado a ese país desde el aeropuerto internacional de Cochabamba. Declaró su intención de regresar pronto a Bolivia «con más fuerza y energía».

PARIPÉ INSTITUCIONAL

Ante el vacío de poder por la ausencia de Evo, la oposición conservadora no se duerme. La Constitución establece que, en caso de renuncia del Presidente, deben sucederle su vicepresidente, o el presidente del Senado, o el presidente del Congreso de los Diputados, por ese orden. Previamente, la Asamblea (las dos Cámaras) tiene que aceptar formalmente la dimisión del presidente.

Las citadas dimisiones institucionales dejaban en la primera línea de sucesión a la opositora Jeanine Áñez Áñez, segunda vicepresidenta del Senado. La carta de Evo, donde explica su “renuncia obligada”, fue recibida el lunes por las Cámaras. Estas no pudieron votar la renuncia del Presidente, por falta de quorum. Pecata minuta. De todos modos, Áñez se autoproclama presidenta, en una Asamblea casi vacía pero con la bendición de los militares; y a continuación se dirigió al Palacio de Gobierno, se asomó al balcón y alzó un ejemplar de la Biblia. “La Biblia vuelve al Palacio”, dijo.

Es una abogada de 52 años, antigua presentadora de televisión, blanca, de cabello rubio, elegante, de porte distinguido, vestida a la moda occidental, con dentadura perfecta, bien maquillada y pintada… La imagen radicalmente opuesta a la de la Bolivia indígena, representada por Evo, el “indio”, “el cholo”, como le dicen despectivamente los racistas criollos.

A ella, y a sus patrocinadores, les entró la prisa por entrar en la fase de “reposición del orden constitucional», como dijo ella misma. El día 13 nombró un nuevo gabinete con once ministros, férreos opositores a Evo Morales, y renovó la cúpula militar. Anunció la convocatoria a elecciones generales “en el tiempo más breve posible” (la Constitución establece que debe ser antes de 90 días).

Atrás quedan ocho muertos, unos 500 heridos y 400 detenidos.

UN GOLPE ÉTNICO Y CLASISTA

Las palabras pueden tener su importancia. Un golpe de Estado es la interrupción inconstitucional de un jefe de Gobierno por parte de otro agente estatal, vulnerando con ello las normas legales de sucesión en el poder establecidas con anterioridad. Y eso es lo que ha ocurrido: Una interrupción del mandato presidencial provocado directamente por las fuerzas armadas. ¿Quién no renunciaría sabiendo que le están apuntando con un arma? Fueron los propios militares quienes “autorizaron” a Evo a viajar a México. Fue el comandante del ejército quien impuso la banda presidencial a Áñez… Si no vimos tanques en las calles, probablemente se debe a que Morales optó por irse para evitar el baño de sangre.

Evo Morales dio muestras de querer atrincherarse en el poder, argumentando la necesidad de más tiempo para revertir dos siglos de oligarquía política e injusticia social; para ello forzó la propia Constitución y las normas democráticas. Pero él mismo había abierto la vía institucional para superar la crisis, ofreciendo la repetición de comicios y la depuración del Tribunal Electoral.

El golpe fue promovido por la oligarquía boliviana, fundamentalmente los grandes empresarios de Santa Cruz (al Sur del país), feudo de los sectores más conservadores, que no ocultan sus ribetes racistas. Esas élites económicas supremacistas siempre vieron a Evo Morales como un peligroso líder izquierdista que iba a provocar la ruina del país. Los años iban desmintiendo esa percepción. Incluso ellos salieron beneficiados por el aumento del consumo interno, gracias al crecimiento de la clase media generado por el «proceso de cambio» promovido por Morales, aunque sí perdieron poder político.

De esa región, donde ya se produjo un intento secesionista contra Morales en 2008, proceden la nueva presidenta y también Luis Fernando Camacho, el más importante líder de la revuelta, portador de un enfervorizado fundamentalismo, que recurre constantemente en sus discursos a la Biblia, a Dios y a Cristo para sustentar sus posiciones conservadores y racistas. Demasiadas coincidencias con Reagan, Ríos Montt, Trump, Bolsonaro…

Ha sido un golpe contra los pueblos indígenas, históricamente olvidados y discriminados, por parte de lo que ya se ha llamado “etno-fascismo”, una derecha que odia a los indios y a los negros. No es casual que, tras el derrocamiento de Evo, opositores y policías se dieron a la tarea de quemar la Whipala, bandera que representa a los pueblos originarios, lo que éstos consideran una agresión a su identidad.

Para nadie ha pasado desapercibido el carácter étnico y clasista del golpe, que ha hecho reaparecer palmariamente la división entre blancos e indígenas, y entre clases medias y bajas. “Si algo de delito tengo, dijo Evo Morales, es ser indígena; si algo de pecado tenemos el vicepresidente y yo es de implementar programas sociales para buscar la igualdad y la justicia».

Nadie duda de que Estados Unidos ha estado detrás del golpe. Ningún golpe de estado se ha producido en América Latina sin la -cuando menos- aquiescencia de Washington. En este caso, hace tiempo que la Administración estadounidense ansiaba expulsar a Evo Morales y a su movimiento del poder. Y es que, más allá de lo ideológico, Bolivia representa un enclave geoeconómico en la región. Cuenta con la mayor reserva de litio del mundo (21 millones de toneladas), un material crucial en pleno auge de las baterías para vehículos eléctricos y todo tipo de dispositivos electrónicos. También posee importantes reservas en oro, plata, plomo, cobre y zinc. Recibe al año en torno a 1.200 millones de euros por la exportación de gas natural… Son motivos suficientes para merecer la “atención” de Estados Unidos. Probablemente pronto sabremos de visitas de políticos a la Embajada o de viajes a EEUU.

Quedan muchas incertidumbres, y seguramente muchos detalles de los que nos iremos enterando en semanas, meses y años siguientes… Pero sí podemos afirmar que se ha truncado unos de los procesos políticos y sociales más exitosos y promisorios de América, que propició innegables logros económicos, políticos, culturales y étnicos. Es un doloroso retroceso para la democracia, la libertad y la justicia de los pueblos de América.

Mientras tanto, la comunidad internacional ha guardado silencio. Y el que calla…

Autor: Waldo Gerardo Fernandez Ramos. Para su elaboración nos dice: «Básicamente se trata de elementos recogidos de la prensa, articulados de acuerdo a mi sensibilidad sobre el tema. He tratado de ser objetivo, aunque no imparcial. Espero que a alguien le ayude a entender lo que está pasando”

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