Termina el año y este mes en la agenda os traemos un texto muy especial elaborado por María Felipa Centeno y, como facilitadora, la asociación Octupan:

Soy Martha Azucena Peralta Rivas, tengo 37 años y vivo en la comunidad de Jocote Arriba del Municipio de Condega Departamento de Estelí. Soy madre soltera de tres hijos, un varón de 17 años y dos niñas; una de doce y una de ocho. Soy jefa de hogar  y trabajo con mi hijo para mantener la casa, a mis dos hijas y a mi mamá que tiene 84 años.  

Crecí con mi mamá, Claudina Rivas, ella fue madre y padre para mí. Mi papá desapareció antes de nacer yo, abandonó a mi mamá embarazada. Hace poco tiempo fui a buscarlo y lo conocí. Mi vida desde niña ha sido dura, he trabajado mucho desde pequeña para poder sobrevivir. Mi mamá siempre fue madre soltera con cinco varones y yo mujer´. Nunca tuvo una relación estable, esos hombres fueron igual de malos “la embarazaban, la abandonaban y desaparecían, ella sola parió sus hijos y buscó qué hacer para crearnos.”

Crecimos en un hogar muy pobre, mi mamá era una mujer tímida, violentada, miedosa, trabajada, vivía triste, eso era lo que su mirada reflejaba.   “Así crecimos”.  “Un honor que le doy a mi mamá es que nunca nos abandono”. Ahora soy yo la que cuido de ella hasta que dios me de vida y fuerza.

No estudié, se leer pero no puedo escribir, sólo un año fui a la escuela. A la edad de 20 años tuve mi primer hijo Enyel, el papá solo me embarazó y me abandonó, nunca me apoyó en nada. Años más tarde me junte con el padre de mis dos niñas pequeñas, con este hombre viví 9 años de martirio; me pegaba cuando quería hasta delante de mis niñas/o, me tiraba las cosas, me trataba muy feo, me desvalorizaba y yo me lo creía. Me pateaba las niñas, me celaba, yo no podía arreglarme y mucho menos salir de mi casa. “Fueron años de maltrato” y yo ciega no daba el paso a separarme, tenía miedo de quedarme sola, creía que moriría de hambre con mis chigüines, lo que hacía era llorar, me sentía sin valores, impotente e incapaz de mantener a mi familia sola.  Al final él se encontró otra mujer aquí en la comunidad y se fue de la casa. ¡Qué bueno! “Dicen q no hay mal que por bien no venga”.  

Ahora me siento muy bien; mi vida ha cambiado. Vivimos pobremente pero en paz. Trabajo la agricultura con mi hijo. Alquilamos tierra para sembrar maíz y frijoles y tengo una mz de tierra en propiedad que heredé de mi mamá. También trabajo como jornalera en la comunidad, gano C$ 100 córdobas el día y me dan la comida y  me pagan C$150. También lavo y plancho ropa ajena y hago fritangas: enchiladas, repochetas, cajetas que salgo a vender.

Después de 10 años escuchando hablar de Octupan y una vez separada, he podido empezar a participar en la organización. En las capacitaciones he aprendido sobre mis derechos, y me han animado, apoyado y acompañado en el proceso de separación y de exigir mis derechos y los de mis hijos a su padre.

Lo que más me gusta de Octupan es el apoyo que nos dan a las mujeres. En los talleres he aprendido a valorarme como mujer y a perder los miedos, ahora estoy en un grupo de crédito “y soy la coordinadora del grupo”.

Con Octupan, una aprende, se organiza, se despierta, se divierte, sale de la casa. Ahora  no me importa lo que la gente dice, no hago caso; sigo mi vida, la Martha de ahora es una mujer nueva, me arreglo bonita y salgo donde quiero, tomo decisiones sobre mi vida sin que nadie me dice nada, trabajo y gano mi dinero. Antes vivía humillada, sentía que no valía nada, presa en mi propia  casa, sentía que iba a morir.

Mi hijo también se está capacitando con Octupan, en los talleres de masculinidad y quiere entrar en capacitaciones para trabajar la tierra.  Ahora es más responsable, hablamos más en familia y me apoya bastante. “El no ha sido tan violento pese a que creció viendo y viviendo violencia”