(Artículo escrito por Marcos Alaez Gómez)

 

Desde hace unos años se está dando un cambio en el tipo de relaciones afectivas que mantenemos, especialmente las personas más jóvenes. Ya no es extraño escuchar términos como poliamor, pareja abierta, relaciones satélite estables, relaciones paralelas o incluso anarquía relacional…

Sin embargo, esto no es nuevo ya en el siglo XVIII mujeres feministas como Mary Wollstonecraft defendía que el matrimonio era un mero contrato de compra por parte del hombre. También Mary Gove defendía el amor libre y describió el matrimonio como la aniquilación de la mujer, o Emma Goldman (feminista anarquista) que habló de que “Para que la mujer llegue a su verdadera emancipación debe dejar de lado las ridículas nociones de ser amada, estar comprometida”.

Estas relaciones libres o no normativas permiten que cada persona diseñe su vida afectiva y sexual de una forma más rica y libre, con multitud de posibilidades y matices.

Pero estas formas de amar y relacionarse con las personas que te rodean pueden quedarse en palabras o ser instrumentalizadas para aprovecharse de otras personas, por ejemplo, una persona que utilice el concepto de relación poliamorosa con su pareja principal cuando lo que practica es promiscuidad escondida. Se denominan relaciones libres, pero no nos referimos a libertad individual, nos referimos a libertad colectiva.

Aquí es donde entran los cuidados y donde se complica la cosa a nivel afectivo.

Simone de Beauvoir, mantuvo una relación con Sartre a la vez que mantenía relaciones sexuales con otras parejas. Decían que eran su amor necesario, mientras tenían otros amores contingentes dentro de una relación de polifidelidad.

Un primer requisito para mantener o explorar una relación no normativa debería ser que hayamos deconstruido conceptos como amor romántico, monogamia, género… ya que si pretendemos adentrarnos en un mundo nuevo con la estructura del mundo antiguo seguramente acabe en fracaso.

Es importante también que cada persona conozca y acepte sus características y limitaciones en el plano emocional. En la teoría, estas relaciones están llenas de ventajas frente a una exclusiva, pero la práctica no es fácil. Puede darse el caso de que nuestros sentimientos y emociones nos hacen sentir mal y no nos dejan disfrutar de la relación. Celos, tristeza, ansiedad e inseguridad son emociones muy comunes y se magnifican cuando no solo hay 2 personas involucradas. De esto se puede deducir que son relaciones que por lo menos al principio requieren más trabajo por parte de las personas que la forman y de forma más continua.

La libertad no es lo opuesto a la responsabilidad afectiva, al contrario, conjugar las dos cosas es estrictamente necesario para que sean en la práctica lo que pretenden ser en la teoría: una posibilidad de emancipación y no una forma más de opresión.

A parte de conocer los condicionantes internos también debemos conocer los externos: las necesidades emocionales de las demás personas involucradas. Por ejemplo, el tiempo, no podemos establecer una relación con una persona si carecemos del tiempo que necesita esa persona.

Para esto resulta imprescindible el dialogo. Y un dialogo libre, honesto y sincero que plantee las expectativas y necesidades de cada persona.

Si añadimos que las necesidades emocionales de las personas cambian, hay épocas que necesitamos más apoyo de las personas que nos rodean, la cosa se complica.

Es común que en algunas de estas relaciones se establezca una diferenciación (que no jerarquía) entre las relaciones, no es ni mejor ni peor, solamente es una forma de organización emocional que puede ir evolucionando con el tiempo. Por ejemplo, podemos tener dos relaciones con distintas personas y dedicar más tiempo a una porque se convive con esa persona en el día a día.

Existe otro peligro, siempre que surge algo novedoso o rompedor el sistema tiende a asimilarlo y reproducir en ello las estructuras de poder. Se puede hablar de un modelo poliamoroso normativista que a quien más beneficia es a las personas con más privilegios en la sociedad: hombres heterosexuales, cisgénero, de clase media/alta y con unas capacidades emocionales bajas. Este modelo está en contra de la búsqueda de relaciones más libres por lo que si metemos la responsabilidad emocional en la ecuación dejan de formar parte de ella.

Algunas personas definen como metarelaciones a las relaciones de nuestras relaciones, lo que confiere más complejidad al sistema y a la vez una mayor resiliencia o lo que es lo mismo una mayor red de relaciones que se mantendrán en el tiempo, aunque se rompa alguna.

La responsabilidad emocional se vuelve más necesaria con personas que cargan cicatrices emocionales por las agresiones cotidianas que viven por ser mujeres, migrantes, LGBTs…

Esta nueva forma de interpretar las relaciones de forma más solidaria puede generar un cambio más amplio en la sociedad ya que el patriarcado y las relaciones normativas dificultan el desarrollo de lazos afectivos en red que pueden ofrecer la posibilidad de una responsabilidad afectiva grupal y un sentimiento de colectividad.


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